Miro entre fotos viejas, reflejos de mi niñez, instantes inmersos en momentos alegres y únicos. Contemplo entre lágrimas una vida ausente. Cuanto extraño tu presencia Madre Mía, anhelo tu cálida mirada y la fuerza que te hace mujer, única y eterna, ese ejemplo que me convirtió en el hombre que hoy recorre un destino en tierras lejanas. Recuerdo con un profundo dolor cuando soltaste mi mano y con voz temblorosa dijiste: “Hijo continua, este país no tiene un futuro y con un sentido de soñador y cobardía, tuve que poner la vida en una maleta con la esperanza de que tus lecciones y mis convicciones fuesen suficientes para vencer las adversidades, la indiferencia. El peso de ser extraño, sin importar a donde llegase, me refugio en esa calidez. Simplemente te amo. Ya han pasado varios meses y observo el caos con impotencia, imaginándote luchando cada día con los obstáculos, caminando entre pasos lentos guiados por la vejez, las dificultades de una pr...